Yonquis de la comida sana

El doctor estadounidense Steven Bratman definió los síntomas de un nuevo trastorno de la conducta alimenticia al que ha llamado ortorexia

Publicado en

CNR
Publicado en el 2005
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Su obsesión por una alimentación sana la convirtió en una esclava de su propia dieta, produciéndose a sí misma durante años graves daños físicos y psicológicos, y en última instancia la muerte: la estadounidense Kate Finn mantuvo rígidas dietas, desde las vegetarianas más estrictas hasta las de alimentos exclusivamente crudos... y pese a sus progresivos empeoramientos de salud, los esfuerzos que hacía por recuperarse la llevaron cada vez a nuevas dietas “saludables” todavía más perjudiciales. Incapaz de salir de su círculo vicioso, Kate Finn buscó ayuda médica para ser diagnosticada con anorexia, sin embargo ese no era el mal que padecía y el tratamiento que recibió tampoco le ayudó. Kate Finn es considerada hoy por algunos expertos la primera víctima mortal conocida de una nuevo trastorno de la conducta alimenticia, la ortorexia.

En los países occidentales avanzados, la preocupación por la salud ha llegado a convertirse para algunas personas en una obsesión que puede llegar a ser dañina. La periodista Laurence Quaintance confesaba en un artículo publicado en “The Guardian” cómo se había convertido en una adicta a la coca-cola light y los daños que ello podía ocasionar en su salud. Pero, muy probablemente, alguien aquejado de ortorexia ni siquiera incluiría en su dieta refrescos light, sino exclusivamente “ecológicos” y acudiría a comercios especializados para conseguir “cola orgánica” si es que le apeteciera tomar una bebida de cola. En Estados Unidos las nuevas cadenas de supermercados de productos orgánicos gozan de una clientela adepta, en ocasiones casi “fundamentalista” en asuntos de alimentación. Es así que, en la ortorexia, se da la contradicción de ser contraída por personas que se preocupan sobremanera de su salud, gente que en su obsesión por llevar una dieta saludable se convierten en “yonquis de la comida sana”.

En España, según explica la psicóloga María José González, no más del 1% de la población estaría afectada de ortorexia, aunque podrían ser más los que la padecen sin saberse debido a la carencia aún existente de cuadros de diagnóstico. Así, por ejemplo, Kate Finn, cuando finalmente fue hospitalizada, recibió un diagnóstico médico de anorexia. Sin embargo, ella expuso que nunca había estado obsesionada con perder peso, sino con mantener una correcta alimentación, por lo cual no precisaba el tipo de tratamiento establecido para la anorexia, sino uno diferente que aún no contemplaban los expertos médicos. Averiguó sobre la existencia de la ortorexia nerviosa y así, se dio cuenta de que necesitaba “ser menos obsesiva sobre los aspectos de su dieta”. En su testimonio, que dio a conocer en un foro de internet sobre nutrición, explicaba que “muchos tenemos conexiones emocionales con la alimentación. Aún tengo muchas preguntas. Me gustaría saber más sobre ortorexia nerviosa y las relaciones subyacentes con la obsesión por la salud, perfección y control”. Sin embargo, pese a haber intentado iniciar el proceso para su recuperación, Kate Finn murió de un fallo cardíaco provocado por inanición, cuyas causas correspondían con un cuadro como el recogido por la diagnosis de la ortorexia.

La comida, una droga
Fue el doctor estadounidense Steven Bratman quien definió los síntomas de este nuevo trastorno y le dio el nombre de ortorexia,  con el que pretendía modificar la palabra anorexia usando el término griego “orto”, que significa “correcto”, “recto”. Bratman publicó un libro titulado “Orthorexia. Health Food Junkies” (Ortorexia. Yonquis de la comida sana) en el que establecía la existencia de un nuevo trastorno alimenticio consistente en “una fijación patológica en mantener una alimentación correcta”. Según él, las víctimas de esta enfermedad establecen una relación con la alimentación similar a la dependencia de cualquier adicción a las drogas.

El mismo doctor Bratman explicó su experiencia personal en cuanto a afectado por ese trastrono: “la ortorexia –dice Bratman- empieza de manera inocente como un deseo de superar una enfermedad crónica o de mejorar la salud general”. Para ello, algunas personas se imponen dietas exclusivamente compuestas por alimentos que consideran sanos y desarrollan una obsesión por ello hasta el punto de que, quien lo sufre, “pasa la mayor parte de su tiempo planificando su alimentación, adquiriendo los productos “sanos”, preparando la comida y comiéndola”. Además, el centro de sus vidas es “una lucha contra las tentaciones de comer alimentos “prohibidos”, penitencias que se imponen si violan sus reglas, sentimiento de superioridad sobre otras personas menos “puras” en sus hábitos alimenticios” y, en definitiva, “todo gira en torno a la alimentación, lo que hace de la ortorexia un auténtico desorden alimenticio tal como son la anorexia y la bulimia, pero mientras estos se refieren a la cantidad de comida que se ingiere, la ortorexia está relacionada con la calidad”.

De la preocupación a la obsesión
Sin embargo, la ortorexia aún no es reconocida como una enfermedad por la mayoría de manuales médicos y todavía son escasas las herramientas de diagnóstico. La preocupación por una alimentación saludable es algo no sólo normal sino incluso necesario pero cuando ello pasa a convertirse en una obsesión que puede dañar la salud ya se puede hablar de la existencia de una enfermedad: la ortorexia.

Así, sin duda, en los últimos años en los países avanzados cuanto menos una parte de la población está prestando mayor atención al origen y la calidad de los alimentos que ingiere: las polémicas en torno a los efectos secundarios de los productos transgénicos o, peor aún, enfermedades como la de las “vacas locas” hicieron nacer la desconfianza hacia qué poner en la cesta de la compra diaria. Otras personas cuestionan hasta qué punto es saludable ingerir productos alimenticios tratados con pesticidas, fertilizantes químicos o a los que se han añadido aditivos y conservantes artificiales.

Por otra parte, hay quien no olvida los beneficios que han aportado los fertilizantes y pesticidas, en cuanto a que han permitido una mayor producción y así abaratar los costes y abastecer a un mayor número de personas, sin olvidar que también tuvieron efectos benéficos en la salud: por ejemplo, millones de personas murieron en China el pasado siglo por comer arroz que no había sido tratado con pesticidas y a causa de lo cual resultó tóxico.

En ese debate y el posicionamiento que se adopte, en principio no hay nada enfermizo. Los llamados productos biológicos permiten actualmente abastecerse a quienes tiene preocupación por unos alimentos “más naturales” siempre y cuando puedan pagar su precio superior. El problema es cuando la preocupación se convierte en obsesión y una persona incluso llega a aislarse socialmente cuando renuncia una invitación a comer de un amigo porque teme comer algún producto “contaminado” o cuando el centro de sus conversaciones es cuestionar la alimentación de sus conocidos. Por otra parte, se teme que la ortorexia vaya en aumento por influjo de una “moda” que se extiende únicamente en países desarrollados y entre personas de alto poder adquisitivo y con un nivel de educación elevado.

Pocos estudios
En cualquier caso, existen aún pocos estudios en torno al alcance de la ortorexia. Uno de ellos es el realizado recientemente por un grupo de médicos italianos, integrado por los doctores Donini, Marsili, Graziani, Imbriali y Cannella. Ellos desarrollaron un cuestionario para la diagnosis de la ortorexia nerviosa y lo testaron en 404 personas. Sus resultados fueron que un 6,9% de los sujetos mostraban una obsesión patológica por la comida sana que se podía considerar ortorexia, mientras que otro 17,1% manifestaban una preocupación por una dieta sana que, no obstante, no se relacionaba con un desorden obsesivo-compulsivo de la personalidad.

Por su parte, la psicóloga española María José González explica que “las víctimas de esta enfermedad sufren una preocupación excesiva por la comida sana, convirtiéndose en el principal objetivo de su vida. Podría decirse que es un comportamiento obsesivo-compulsivo caracterizado por la preocupación de qué comer y la transferencia de los principales valores de la vida hacia el acto de comer”. Y así, en el caso de Bratman, en los momentos álgidos de su trastorno, solo comía, por ejemplo, vegetales recién recolectados, no podían pasar más de 15 minutos entre el momento de ser extraídos de la tierra y el momento de comerlos. En la mayoría de personas afectadas, esa obsesión se manifiesta groso modo en la necesidad de consumir exclusivamente productos orgánicos, no tratados con pesticidas ni fertilizantes, pero de manera que lo llevan a extremos patológicos con consecuencias perjudiciales para su salud tanto física como psicológica y sus relaciones sociales. Quienes desarrollan este trastorno pasan a tener un menú en lugar de una vida.   

Más información:

  • www.orthorexia.com
  • www.beyondveg.com
  • Bratman, Steven Health Food Junkies: Orthorexia Nervosa: Overcoming the obsession with healthful eating,