Quien busca, encuentra

Buscadores de tesoros... con aparatos detectores de metales

Publicado en

CNR
Publicado en el 2000
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De niños, o incluso ya más mayores, no son pocos quienes han recreado en sus juegos o imaginación la aventura de descubrir legendarios tesoros escondidos, filones de oro y plata o preciados objetos usados por nuestros antepasados. Ese aliciente cautiva en todo el mundo a miles de personas que se valen de modernos aparatos detectores de metales para rastrear tierra y fondo del mar. En los mejores casos, los detecto-aficionados han obtenido hallazgos millonarios, como fue el reciente de un aficionado inglés que descubrió en una playa la empuñadura de una antigua espada valorada en un millón de libras, o el muy conocido en el mundillo de un “novato” australiano que en una de sus primeras salidas halló una pepita de oro tasada en un millón de dolares.

A la mayoría de los 20.000 detecto-aficionados españoles les atrae una actividad que se desarrolla en contacto con la naturaleza, les mantiene en buena forma física merced a los tranquilos paseos que comporta y les relaja del stress cotidiano, según explica el presidente de la asociación Club del Detector, Jesús Condom. El detecto-aficionado, concentrado en rastrear la tierra, con auriculares en sus orejas que transmiten la señal de haber encontrado un objeto metálico, desconecta de cualquier preocupación. Mientras, en lo más hondo, alberga la ilusión de hacer un gran descubrimiento.

Es una actividad que puede practicar cualquier persona sin necesidad de ninguna preparación específica y, según Condom, muy agradable de desarrollar con amigos o en familia en el marco de una jornada de pic-nic. Incluso algunas conocidas marcas de juguetes –además de las firmas especializadas en estos aparatos- comercializan detectores para niños a un precio de unas 5.000 pesetas. Y es que el botín, para muchos, no reside tanto en el posible valor económico del descubrimiento como en la emoción que proporciona la aventura de buscarlos. Es así que organizan torneos entre ellos, donde se han de encontrar piezas previamente escondidas por los organizadores, e incluso hay un campeonato nacional que decide quién es el mejor de España.

Todo lugar es bueno
Cualquier lugar es bueno para poner en funcionamiento el detector de metales; muchos se han topado con piezas sorprendentes probando el aparato en el jardín de su casa, ya que toda la península ibérica es terreno abonado de vestigios de las civilizaciones que nos precedieron. Los actuales pueblos y ciudades se asientan en muchos casos sobre los antiguos, las carreteras fueron caminos transitados durante siglos y en valles y montañas acamparon o se enfrentaron ejércitos. Envueltos en la tierra aún permanecen objetos que fueron perdidos, desechados o que entonces nadie apreció y hoy han adquirido el valor de la antigüedad. Tampoco faltan las leyendas –a menudo demostrado verídicas- sobre tesoros escondidos para evitar saqueos durante las guerras carlistas o la invasión francesa, por ejemplo. Algunos confían en encontrar en los Pirineos uno de los camiones republicanos cargado de oro hacia Rusia que no llegó a Francia. Esta vertiente legendaria e histórica, según explica Francisco Guerrero, director de la revista especializada El Explorador, revierte en que muchos detecto-aficionados se dediquen al estudio de las civilizaciones pretéritas y lleguen a convertirse en auténticos expertos.

Pero los restos arqueológicos son sólo algunas de las muchas sorpresas que puede extraer de la tierra o el agua el detector de metales. Manuel Iglesias, aficionado de Cáceres, no ha querido nunca vender una pepita de oro del tamaño de una castaña, que guarda -nunca mejor dicho- como oro en paño. Según explica, en la zona de Extremadura se da bien el preciado mineral. También en viejas minas o canteras los detecto-aficionados persiguen filones de oro y plata que pudieron pasar desapercibidos debido a obsoletas técnicas de extracción y no hay que olvidar todo lo que día a día pierden nuestros contemporáneos.

Las playas, la panacea
Según Ricard Gascó, conocido aficionado de Valencia, para pasar un rato entretenido y además obtener un rendimiento económico no hay ningún lugar como las playas. Como otros muchos, en ellas vio por primera vez pertrechados con unos curiosos aparatos a turistas ingleses, quienes verdaderamente hicieron su agosto recuperando las monedas o joyas perdidas por los bañistas. Ricard Gascó tiene un récord personal de haber reunido 36.000 pesetas durante diez horas de búsqueda. Muchos son los detecto-aficionados especializados en recoger la calderilla que cae de bolsos y pantalones y queda envuelta entre la arena, o las joyas que se deslizan del cuerpo al retozar en el agua. Ese es el hobby también de Alfonso Robles, aficionado de Barcelona, quien prácticamente busca en la playa durante todo el año: en verano, se dedica un par de horas bien temprano por la mañana y otras tantas al anochecer, así al final de la temporada logra reunir en torno a medio millón de pesetas; en invierno, pese a que no hay bañistas, recorre también la orilla del mar, pues –explica- “en esos meses las olas embravecidas devuelven a tierra las joyas que se perdieron en el agua durante el verano”.

En capítulo aparte figuran los caza-tesoros profesionales. En su haber se cuenta el haber recuperado galeones hundidos con botines valorados en miles de millones de pesetas, los restos del tesoro del rey Salomón o depósitos con cotizadas obras de arte escondidas durante la segunda guerra mundial. Aunque pueda parecer increíble, se sabe que en los últimos años el historiador y caza-tesoros Bernard Keiser intenta rastrear la pista del tesoro de Robinson Crusoe, bajo la tesis de que Daniel Defoe se inspiró para su historia en el contramaestre de un buque pirata inglés Alejandro Selkirk. Éste fue abandonado en una isla donde según indicios documentados habría sido ocultado el tesoro de Veracruz, valorado en 1,4 billones de pesetas. Pero si bien los caza-tesoros usan también los detectores de metales en sus investigaciones, actualmente se valen ya de sofisticados y precisos geo-radares, unos aparatos que según los expertos están destinados a sustituir a los detectores entre los aficionados cuando su precio sea más asequible que el mínimo de 7 millones de pesetas actuales.