Más que una rosa

En el año 1456, los caballeros barceloneses empezaron por Sant Jordi a obsequiar a las damas con rosas y otras flores

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Publicado en el 2000
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En la diada de Sant Jordi, primero fue la rosa y después llegó el libro. Cuando en el año 1456 el día de Sant Jordi fue declarado fiesta en la ciudad de Barcelona, los caballeros -primeros en tener al santo por patrón- disputaban torneos en el paseo del Born y obsequiaban a las damas con rosas y otras flores. También en esa época se iniciaba una fira de rosas, en las calles que desembocan en la plaça de Sant Jaume, que a finales del siglo XVIII era conocida como fira dels enamorats. A partir de 1926, empezó a celebrarse también el día del libro y desde entonces, es sabido, por Sant Jordi un libro y una rosa.

Si Quevedo planteó la disyuntiva en forma de verso burlesco dirigido a su reina - "entre el clavel y la rosa su majestad, es coja", en Catalunya sin ninguna sorna ha sido escogida la rosa: en el mercat de les flors de Mercabarna, principal centro de abastecimiento al por mayor, la presencia y fragancia de las rosas es la más destacada hasta alcanzar el 31% de la oferta total del mercado; el clavel hace honor al verso y es la segunda flor más abundante, ocupando el 20%; tras él, en cuanto a cantidad, sólo se puede destacar el crisantemo, que representa el 6%. El resto se lo reparte la inagotable variedad de especies florales.

Constatado está que el día del año con mayor demanda de rosas es el de Sant Jordi y que el capullo rojo es el más solicitado. Éste, en el lenguaje de las flores que en el siglo XIX fue una delicada, aunque a veces compleja, forma de comunicación significa "eres pureza y hermosura". En esa lengua se pueden transmitir los sentimientos más dispares. La riquísima variedad de rosas da de por sí sola un juego insospechado para el profano: rosa amarilla, celos o infidelidad; rosa sin espinas, no puedo resistir; rosa damascena, dulzura emponzoñada; rosa de china, amor voluptuoso; rosa blanca, sigilo; pero rosa blanca marchita, antes morir que perder la inocencia… y así, se puede crear un diálogo más o menos fluido en el que además pueden tener entrada otras flores. Conveniente es saber que un tulipán rojo puede ser interpretado como una declaración de amor, pero un tulipán amarillo como amor sin esperanzas y que la corola de un clavel blanco lleva escrito para los iniciados: "no hay nadie que pueda quererte más ardientemente que yo".

Y además de por su belleza, perfume y simbolismo, las rosas han sido apreciadas durante siglos por sus propiedades terapéuticas. Avicena, reputado filosófo y médico árabe del siglo X, descubrió que el aceite de rosa aumenta el poder del cerebro y agiliza la mente; en China ha sido un remedio tradicionalmente usado como tónico para el hígado. Estudios más recientes del ya pasado siglo XX demostraron que ese aceite mejora el estado de alerta y proporciona un sueño más reparador; hay quien incluso lo toma como un alivio para una resaca. Igualmente, una compresa de agua de rosa alivia los dolores de cabeza, la tensión y la inflamación de los ojos. No hay que desdeñar tampoco sus atractivos culinarios. Para algunos gastrónomos. el sabor de la rosa es tan exquisito como su perfume. La cocina china cuenta con un plato estofado de rosas chinas enteras. Los griegos y romanos añadían pétalos a algunas de sus comidas. En la cocina inglesa fue habitual durante la época de los Tudor preparar exquisitos postres con sabor a rosa.  También son un ingrediente habitual en la cocina de la franja oriental del mediterráneo, donde en los Emiratos Árabes es todo un manjar el halva, un turrón de sésamo aromatizado con agua de rosas.

Muchos más mensajes y propiedades indescifrables guardan las rosas en su interior, pero a nadie queda oculta la delicada atención de regalar una rosa. Recurriendo a lenguajes que hemos codificado, consideren para este Sant Jordi la posibilidad de agregar una rosa blanca a la roja. Ello, en el lenguaje de las flores, querría decir: "el fuego de tu mirada me abrasa el corazón".