Lectura para camareros

Una profesión por vocación

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Publicado en el 2000
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Muchas suelas gastadas tras la barra y de mesa en mesa: la de quilómetros que han recorrido esas piernas sin ser de corredores de maratón; la de canciones del verano ¡y del invierno y primavera y otoño! que han acompasado esos pies sin ser de bailarines; la de equilibrios que se han hecho con bandejas repletas de vasos sin ser malabaristas; la de paciencia que se ha derrochado sin pretender ser madre de la ciencia… lo que sin duda acaba siendo el camarero en el desarrollo de su trabajo –además de camarero- es un fino psicólogo a quien acuden los clientes habituales para confiar sus cuitas y pedir consejo,  un experto conocedor del carácter humano capaz de reconocer a primer golpe de vista de qué pie cojea cada uno de los nuevos clientes con que está  tratando.

De esta opinión es por ejemplo Miguel, dedicado a la profesión en un restaurant a pie de la playa de Barcelona desde hace nueve años. “En este trabajo –explica- te vuelves psicólogo. Cuando llegas a la mesa y dices buenas, según la respuesta que te den ya sabes como funciona cada uno y la lucha que te van a dar”.

Igualmente, Josep, quien creció tras la misma barra del bar restaurant familiar tras la que ahora corretea su hijo, señala que la profesión de camarero se convierte en un master sobre comportamiento humano. “El bar -explica- se torna a menudo confesionario y consulta de atención psicológica gratuita, pero también hay que entender qué quiere cada cual, pues unos están deseosos de explicar su vida y otros buscan intimidad; eso sí, todos quieren que les dediques una atención individualizada”.

Ante esos sabios ojos no quedan ocultos los estigmas con que el entorno nos ha impregnado para bien o para mal. Así, a un camarero también le resulta fácil apreciar lo salados que son los andaluces “que te envuelven en ellos como si los conocieras de toda la vida” o que “los vascos son más cerrados, parecidos a los catalanes”. Los  turistas –explica la mayoría- suelen ser muy respetuosos porque se sienten fuera de su territorio y están a la espera de lo que se les dé. No obstante, siempre se corre el peligro de encontrarse con un desmadrado bebedor de cerveza aleccionado por algún sensacionalista diario alemán o inglés sobre cómo pasar un día “olé” en España.

Como para raros los otros, los hábitos de los extranjeros pueden sorprender al más pintado, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo, explica otro experimentado profesional: “A mí ya me parece lo más normal del mundo que, por ejemplo, me pidan pescaditos fritos o patatas bravas acompañadas de un vaso de leche”. Y en la jerga interna del bar a menudo se han buscado nombres para las peticiones más curiosas o aburdas, así, un “gilipollas” es, en algunos lugares, un cortado descafeinado con leche descremada y sacarina, muchas veces con… un donut.

Lo  peor para un camarero es tropezarse con alguien que se crea “el rey del mambo”, personas consumidas por su ego que pretenden disfrutar de sentirse servidas y ven a un criado a quien despreciar y no a una persona que hace su trabajo. “Lo que más molesta –apunta Josep- es la soberbia de algunos que parecen pensar que por pagar sus consumiciones pueden decir y hacer lo que quieran, que creen estar por encima del bien y del mal. Frente a estos comportamientos, el camarero cuenta como mejores armas con la elegancia, educación y sobre todo ironía para bajar los humos a quien haga falta”. A la inversa, el camarero tiene sin duda sus trucos para ganarse a la clientela: si se trata de una familia con niños, lo primero es dedicar unas palabras simpáticas a los pequeños para conquistar a los mayores; también, saber que los clientes masculinos acostumbran a tratar mejor a las camareras y las clientes femeninas mejor a los camareros; obsequiar a cada cual con unas palabras escogidas que le hagan sentir que recibe una atención especial…

Y la mayoría de camareros y camareras coinciden en el amor a su profesión, ya que lo más habitual es que haya buen trato con los clientes, lo que compensa los posibles sinsabores, por otra parte comprensibles en el marco de todas las relaciones humanas. Como dice Miguel, “si en una familia de cinco personas es normal que haya choques entre ellos, que no pasará al tratar con tanta gente”.