La cara más dura de la Ciencia

Las más sacrificadas ocupaciones científicas

Publicado en

CNR
Publicado en el 2004
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Manipular heces humanas o de animales, trabajar con sustancias radiactivas aunque sea en condiciones de ultra-seguridad, limpiar esqueletos humanos, hacer autopsias a cetáceos en descomposición… el avance de la Ciencia además de vocación requiere tener un estómago a prueba de bombas.

Que el desarrollo de la Ciencia requiere trabajo duro y sacrificios por parte de los investigadores es algo conocido, aunque quizá no tanto como los logros y avances que se consiguen tras meses o años de dedicación en ocupaciones que pueden ser desde extenuantemente rutinarias hasta peligrosas o profundamente desagradables. Muestra de un gran descubrimiento científico que costó la vida al investigador es el caso de Marie Curie: premio nobel en 1911 por su hallazgo del  polonio y el radio, sufrió anemia y cataratas debido a la exposición a la radiactividad a que estuvo sometida durante sus investigaciones, lo cual fue también la causa de una leucemia que le provocó la muerte en 1934.

La historia de la Ciencia recoge otros dramáticos casos pero, en la mayoría de ocasiones, la cara más dura del trabajo científico muestra una faz diferente: trabajos rutinarios hasta el aburrimiento, ocupaciones que harían revolver las tripas del más corajudo, situaciones en que el posible daño a recibir no es físico sino anímico, jornadas ininterrumpidas sin descanso... y todo ello aderezado, en la situación española, con la falta de presupuesto y oportunidades para la investigación.

Por otra parte, ni que decir tiene que, como comenta el vicedecano de la facultad de zoología de la Universidad Complutense de Madrid, Antonio Tormo, también incluso dentro de un mismo grupo de investigadores las dificultades son diferentes: “para el director de una investigación lo más duro tal vez sea obtener financiación y que los resultados sean publicados, pero puede haber problemáticas distintas desde ópticas distintas, no es la misma situación para el director que para el becario”. Así, el coordinador de movilizaciones de la Federación de Jóvenes Investigadores, Sergio Arrojo, explica que la situación actual del becario, sin derechos laborales reconocidos, obliga “no sólo a tener vocación científico sino incluso vocación de esclavo” pues en algunos casos lo peor para el becario es la explotación que sufre.

Y si también lo habitual –según las fuentes consultadas-  es que aquello más arduo de una investigación sean las largas jornadas de trabajo metódico, a menudo sin descansos en sábados ni domingos, antes de cosechar un fruto, los científicos -como comenta la responsable de los Servicios Cientificotécnicos de la Universidad de Barcelona, Francesca Gallego- no son ajenos a otro tipo de presiones: “por ejemplo, para quien trabaja en el seguimiento de células cancerosas, el mayor choque puede ser estar delante de un paciente y saber que por muy rápido que avance la investigación no se encontrará a tiempo el remedio para esa persona”.

Cebo humano
Claro que para los científicos que han hecho de su vocación trabajo, y lo abordan desde un punto de vista científico, el realizar esas labores no supone un pesar, sino incluso un placer. Aunque parezca difícil de creer tal es el caso, por ejemplo, de Helge Zieger, quien lucha por buscar un remedio a la malaria. Para ello él no duda en ponerse, en las selvas amazónicas de Brasil, como cebo humano: cuando los mosquitos acuden a picar su cuerpo los captura aspirándolos en un tubo y después los introduce en un contenedor. En tres horas puede capturar unos 500 mosquitos Anopheles darlingi, ¡y recibir unos 300 picotazos!. Zieger explicó su particular manera de contribuir al desarrollo científico en una encuesta realizada por Popular Science.

Otras ocupaciones científicas que por sus especiales características ocuparon los primeros lugares en el ranking de esa encuesta fueron los veterinarios que instalan fístulas en los bovinos, introduciendo su mano hasta los mismos intestinos, un investigador que desde abril a octubre se sienta durante 8 horas a contar los peces que transitan ante su observatorio en el Pacífico Noroeste, clasificándolos por especies y apretando hasta 300 botones por hora para realizar el conteo, o los taxidermistas de los museos de historia natural que usan curiosos métodos para limpiar los esqueletos de los animales, como sumergirlos en semen de ballena y delfines.

Garbanzos en el cráneo
Si esos taxidermistas han encontrado en el semen de los cetáceos la receta para una buena limpieza, los técnicos de la sala de disección de la facultad de medicina de Murcia consiguen igualmente su propósito simplemente con agua oxigenada, lo cual no quiere decir que no tengan otros curiosos métodos ni que no realicen un trabajo que a algunos espectadores asustaría sólo de verlo en una película. Veamos.

Para empezar, reciben los huesos del osario público, esqueletos secos, momificados que deben limpiar con herramientas como espátulas, formones o estropajos. Ellos prefieren no cocer los huesos –como se hace en otros lugares- para evitar el desagradable olor  que emana, y es por ello que los limpian con agua oxigenada hasta garantizar una completa higiene. Y si luego hay que cortar por aquí o por allá, es especialmente curioso el proceso que se sigue para soltar los diferentes huesos del cráneo que serán estudiados por los alumnos de medicina: se introducen garbanzos por el agujero occipital del cráneo y todo ello en un cubo de agua; cuando los garbanzos se hinchan hacen estallar las suturas de cada hueso y así quedan sueltos de “forma natural”.