Déjese llevar

Con este calor, las terrazas de verano han brotado en todas las calles

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Publicado en el 2000
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Apuesto a que usted también coincidirá en que entre las cosas más agradables que se pueden hacer con este calor está el salir a la calle a la fresca del atardecer y sentarse en una de las muchas terrazas que han brotado en las aceras de esta Barcelona un poco sofocada. Mejor -mucho mejor- si algún vientecillo arrastra el bochorno acumulado;  mejor, una compañía agradable para compartir risa, palabras, espacio y unas copas bien frías, que también ayudan a sobrellevar la canícula. 

Pero hay tiempo para todo y seguro que convendrá en que no está nada mal sentarse a solas, con un buen libro o entregándose a la contemplación del entorno saboreando la misma copa bien fría, si es que por cualquier circunstancia así lo ha elegido o no ha coincidido con la compañía o si es que fuera su caso que debiera escribir sobre esas terrazas.

Puede intentar una pequeña aventura: acudir hasta alguna de las terrazas colgadas en la montaña, en Montjuic o en las laderas que ascienden al Tibidabo; desde allí, verá una ciudad que se aparece como de mentira, como de diminutos edificios tallados en cartón piedra. Parece que bastaría alargar el brazo para depositar un hotel, un banco, una iglesia en la palma de la mano. Alguien podría recordar viejos juegos de infancia -o no tan viejos o no tan de infancia o no tan juegos- e improvisar con unos dados una partida de monopoly, apostando la ronda; quien pierde no va a la cárcel, paga. A alguien se le podría ocurrir hacer un barquito de papel y dejarlo fluyendo en la corriente de la franja de mar -allí, al fondo, tras las intrincadas callejuelas - junto al crucero que en estos momentos encara la bocana del puerto.

 Pero le bastará bajar de nuevo a pie de calle para sentir como la ciudad es real y hierve de agitación,  menos por el calor que por la vida de quienes en ella viven. Puede compartir lugar y sensaciones en las terrazas de todas las calles, convertidas en pasillos de esa gran vivienda sin techo que es Barcelona. Igual que llega la cosecha, las terrazas de verano han madurado en todos los barrios.

Y si sigue bajando llegará usted hasta alguna terraza en la playa, y podría entregarse allí a unos bailes bajo las palmeras o soplar levemente a otros cabellos o al mismo mar para levantar unas olas. Podría también intentar atrapar el lejano punto en que los azules se funden, mientras alguien aprieta el interruptor que enciende las estrellas, el crepúsculo se ha hecho con el mando y los últimos destellos del día acarician la espuma del salado líquido que lame a la ciudad.

Y entonces, la noche es joven.