Creación sobre la piel

Ana María Nadal ha vertido su creación artística en el diseño de joyas únicas

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Publicado en el 2000
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Las joyas reposan en el seno de una antigua masía construida en el año 1771, esperando sobreponerse a la piel idónea. La masía fue construida en una cantera y hoy se sustenta sobre las piedras que quedaron después de que  picos y palas cavaran hasta crear el gran hueco que formó la bodega. Allí, en Vilobí del Penedés, todos conocen a Ana María Nadal, la artista de can Olivella, que permanece en la casa de su ancestral familia. En ese paraje, habitado por la naturaleza, la creadora ha volcado su arte hacia  la transformación de los nobles metales para transformarlos en joyas únicas.

Esta artista, que se inició en el mundo de la pintura y expuso su obra en destacadas galerías como Vayreda, de la sala Parés -la actual Galería Maragall- o Adrià  quiso hace unos años verter su inquietud creadora dando forma y nueva vida a nobles metales. La materia es el oro amarillo, el oro blanco, también la plata. En su pureza, el oro fino no se deja moldear por nadie y es la misma Ana María -sin recurrir a métodos mecanizados habituales en la orfebrería en serie- quien funde el preciado elemento para combinarlo en una aleación de plata y cobre de la que resulte un oro de 18 quilates. Éste ya es apto para plegarse a la geometría que debe seducir un cuello, una muñeca, el lóbulo de una oreja… Pero la verdadera sustancia de esas piezas se eleva sobre la materia: su ser se impregna del espíritu de la creadora para después cederlo al de quienes las lucen, sus formas hablan de dedicación absoluta, no en vano se trata de joyas únicas, irrepetibles.

Este arte de la joyería se convierte en expresión de un proceso creativo y estético, más allá del valor del atribuido a los metales. La creatividad de Ana María bebe de la sensibilidad de su persona, receptiva a la naturaleza que le rodea, entendida naturaleza en el más amplio de los sentidos. Las cepas  que producen el apreciado vino del Penedés engendran también, sin saberlo, un collar tras calar en el el espíritu de la artista; las ramas de un árbol imperecedero son vertidas en una pulsera; pero también las ruedas de un coche -no en vano todo lo llamado artificial se crea a partir de los elementos que decimos naturales- quedan vagamente reflejadas, al pasar por el cedazo de la creadora, en un valioso colgante. En el taller, junto a los instrumentos de la orfebre, se amalgaman los más dispares hallazgos que obrarán como semilla para nuevas joyas: vainas de alubia, caparazones de caracoles, dibujos de niños, pétalos de flor, trazos coloreados en un trozo de galleta…

La joyería de Ana María se convierte en un arte vivo, no sólo por los instantes que ha de pasar acompañando a las personas que la portan, sino también por su misma génesis conceptual.  Así, la artista propone unas piezas de múltiples texturas; de formas rugosas que atraen tanto a la vista como al tacto; de apariencias mates que no reflejan el mundo exterior y concentran en ellas mismas toda su valía; de unas semblanzas que podrían parecer inacabadas pero que hablan de la continuidad irreflenable de la vida. En ese marco Ana María ha concebido sus "joyas inteligentes" -apelativo otorgado por su hija Ana, quien colabora en el proceso creador con sus ideas y un apoyo definido como inestimable por la artista-. Se trata de piezas capaces de tantas combinaciones como se quiera: se montan y desmontan para componer una pulsera, un collar, unos pendientes o variaciones diferentes de cada uno de ellos. Hasta el punto de que alguien podría disponer de una caja de piezas e inventarse la joya a su gusto. Participan del genio que habita en Ana María, que se expande para no dejar una creación cerrada, para que las joyas se transformen, pues también ellas están