¡Cómo nos tenemos que ver!

¿Estereotipos no tan estereotipados?

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Publicado en el 2000
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Hay cosas que no cambian con el paso del tiempo y cuando a alguien le cae un sambenito -con razón o sin razón- puede estar bien seguro de que deberá cargar con él toda su vida. Y más de una vida duran cuando se refieren al simbólico colectivo: los ingleses siguen siendo para muchos flemáticos, con bombín y paraguas, los franceses chovinistas y afectados, los alemanes cuadriculados, los italianos juerguistas y chapuceros… Los españoles no nos escapamos unos de otros de nuestros particulares estereotipos y aunque en todas partes se cuecen habas también es cierto que cuando el río suena, agua lleva. Seguro que hasta su restaurante o pizzería llegará a menudo quien no cumpla la vara con que se mide, pero cuanto menos resulta curioso conocer cuál es la opinión que tenemos sobre los habitantes de las diferentes comunidades autónomas.

Contaba un viejo chiste que el hilo de cobre lo inventaron dos catalanes al estirar de una peseta que ambos querían quedarse. Contaba otro que dos moscas decidieron hacer sendos viajes por el mundo y reencontrarse al cabo de un año para explicarse sus experiencias; pasado ese tiempo sólo acudió una, al año siguiente igual… finalmente, pasados cinco años por fin se presentó la pródiga. La que había ido acudiendo fielmente a la cita explicó todos sus viajes por el mundo y tras ello animó a la otra a hacer lo propio, creyendo que sus plantones se debían a que se hallaba en experiencias muy interesantes. Mas esta dijo: "calla, nada más separarnos me metí sin querer en el monedero de un catalán y hasta ahora no lo ha vuelto a abrir". El estereotipo de los catalanes como personas tacañas sigue siendo uno de los más fuertemente arraigados, según una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Pero lo que tampoco nadie les discute es que son trabajadores, están considerados los más trabajadores de España, con bastante diferencia respecto a los segundos, que serían los gallegos. En cambio, andaluces y madrileños son tenidos, con igual puntuación, por los menos dispuestos a arremangarse. Y también lo corroboran los chistes: un andaluz está apoyado en una esquina y llega otro y le dice "oye tío, que allí abajo están dando trabajo", a lo cual el primero contesta "pues como no me empujes tío".

Los que reciben mayor puntuación como buena gente son los castellanos y los aragoneses (30 puntos) seguidos de los gallegos (27). Los andaluces (26), los valencianos (24) y los madrileños (22). A la zaga quedan los vascos (19) y los catalanes (12). En cambio, los considerados más amantes de su tierra son los vascos, los gallegos, los catalanes y los valencianos. Los más amables con diferencia, los andaluces a quienes además todo el mundo tiene por los más salados.

Haciendo un repaso por comunidades autónomas, los andaluces son considerados -siempre según el orden de calificación- alegres, graciosos, juerguistas, charlatanes y hospitalarios; los aragoneses como nobles, testarudos, brutos, honrados y generosos; los castellanos como serios, nobles, sencillo, honrados y hospitalarios; los catalanes como tacaños, independientes, orgullosos, emprendedores y cerrados; los gallegos como cerrados, supersticiosos, cariñosos, desconfiados y sencillos; los madrileños como chulos, abiertos, orgullosos, hospitalarios y alegres; los valencianos como abiertos, alegres, hospitalarios, orgullosos y emprendedores; y los vascos como separatistas, fuertes, brutos, violentos y nobles.

Y si bien esos son los principales rasgos con los que nos vemos los españoles de diferentes zonas de la península, hay que tener en cuenta que, en general, nos tenemos frente al resto de europeos como más buena gente, más alegres, más abiertos, más amantes de nuestra tierra, más hospitalarios, más juerguistas e igual de trabajadores. Únicamente nos consideramos menos emprendedores, menos serios, menos inteligentes y menos responsables. Además, el calificativo de 'fríos' sólo se lo damos al resto de europeos; eso no va con nosotros.