Ciudad juguetera

Muchos de los juguetes que marcaron el siglo XX se fabricaron en Barcelona

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Publicado en el 2000
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“A Barcelona l’industria de les joguines és molt extesa y són dotzenes els pisets ahon tota la família treballa tantes hores com pot, per produir el màxim possible de cavallets y nines de cartró, carrets y casetes de fusta y toca mena de joguines populars, d’aquelles que valen pochs cèntims y que tant diverteixen a les criatures: un mico que s’enfila per un bastonet, una papallona sospesa per una goma que va amunt y avall, la trompeta de canya que tot bufant ne surt un ninot o qualsevol cosa, l’aeroplà o’l colom volador”. Estas palabras, escritas en los primeros años del siglo XX por el profesor Rossend Serra i Pagès, describen la importancia que adquirió desde un buen principio Barcelona en la nueva industria de juguetes. Algunas de las más prestigiosas firmas españolas que han entretenido a los niños del siglo XX nacieron en la Ciudad Condal o sus alrededores, aunque es en Alicante y Valencia donde se han concentrado el mayor número de empresas de esta actividad. No obstante, aún hoy en torno al 15% de las empresas jugueteras se asientan en Catalunya, una cifra más destacable si tenemos en cuenta que el 72% de las restantes se hallan en la Comunidad Valenciana. 

Tal y como sucedió a la sociedad, el juguete inició una nueva vida tras la revolución industrial. A mitad del siglo XIX aún no existía una industria catalana del juguete, tal y como explica J. Corredor Matheos en su magnífico libro “La joguina a Catalunya”. Las familias que se lo podían permitir acudían a alguno de los bazares de Barcelona que importaban sofisticados modelos franceses y alemanes.

En Catalunya, la industria juguetera empezó a cobrar fuerza de mano de las casas Palouzie i Borràs, dos de las más destacadas de todo el siglo. Isidre Palouzie fundo su empresa en 1891 e inició así una tradición familiar que protagonizaría las principales iniciativas de promoción del sector. Por su parte, Agapito Borrràs creó su empresa, cuyo nombre más tarde quedaría permanentemente asociado a la palabra magia, en el año 1894. Su primer artículo fue el fraile-higrométrico que aún hoy se fabrica. En 1897 introdujo en el Principado los zootropos, inspirados en los primeros cinematógrafos.

Según un catálogo de los grandes almacenes El Siglo, en el invierno de 1908 a 1909, una muñeca de cartón fino irrompible, con gorra, de 46 cm de altura costaba 4 pesetas y si tenía pelo, 4,50; una carnicería de 41x33 cm costaba 9 pesetas, mientras que un caballo de cartón se podía encontrar por un precio de entre 3 y 14 pesetas.

Si bien 1914 supuso el fin de la llamada edad de oro del juguete en Europa, la celebración de la primera Exposición Nacional de Juguetes en Barcelona provocó el despegue en el Principado. Esta industria incipiente contaba en la Ciudad Condal con 15 fábricas con una media de entre 40 y 70 trabajadores, unas 30 que empleaban de 10 a 40 operarios y 35 talleres de menos de 10 obreros. En 1913, la exportación española de juguetes, mayoritariamente fabricados en Catalunya y Valencia, fue de 63.236 quilos por un valor de 505.888 pesetas, con Cuba, Argentina, Bélgica y Turquía como principales destinos, mientras que las importaciones fueron de 128.289 quilos valorados en 1.391.936 pesetas.

Eran años en los que también se iniciaba el debate sobre la función social del juguete, así, el periodista Romà Jori se planteaba en el diario “La Publicidad” respecto a la sofisticación de algunos modelos: “I no creieu que ens estem apartant una mica de la finalitat que ha de tenir la joguina? Amb aquests perfeccionaments i invencions etem fabricant joguines per als majors d’edat, no per als infants, que no són homes ni dones petites, sinó que són infants amb una animeta en formació. No s’ha inventat res com el cavall de cartó, amb taques blaves, amb una cua incomprensible”.

Desde 1914 hasta 1929 hubo un cambio en la concepción del juguete, reflejo de lo que sucedía en diferentes campos artísticos. Creadores catalanes experimentaron con los juguetes. Una de las incursiones más destacadas en ese sentido fue la de Torres García, con sus desmontables de madera que estimulaban la habilidad del niño, actualmente muy apreciados por los coleccionistas y ya entonces considerados obras de arte.

Estandarte del siglo es el Meccano. Creado en Inglaterra en 1091 por Hornby Trains, la representación en España y Portugal fue contratada por la casa Palouzie, que desde 1932 los fabricó en Barcelona. La afición llegó hasta el punto de organizarse una Asociación Meccano a imagen de la inglesa y establecerse relaciones con otras asociaciones internacionales del mismo carácter.

La evolución de los juguetes ha estado siempre ligada a las nuevas tendencias y descubrimientos científicos. En torno a la década de los 50 se generalizó el uso del plástico. En esos años inició su actividad la casa barcelonesa Airgam - cuyo nombre obedece a la inversión del apellido del fundador, Josep Magrià-, que comenzó a confeccionar muñecas de trapo, pelotas de piel y juegos del tiro al blanco en un local de Sants en 1947. Su mayor notoriedad llegó con los airgam boys en 1976, pero ya anteriormente destacó entre los niños por novedades como Construcciones interplanetarias, camiones irrompibles, la guitarra mini-twist, los Milloncetes, o el Moto-Prix.

Muchas más son las firmas barcelonesas que durante el convulso siglo XX han asumido la labor de entretener a los más pequeños. No hay que olvidar a Exin, que presentó el Scalextric –originario de Inglaterra- en la Fira de Mostres de Barcelona de 1962, y que ideó otros juguetes de gran éxito como el Exin Castillos, el Cine Exin o el Tente. De la misma época es relevante Mober-Iber, empresa creada en Barcelona en 1967 que tuvo en el Ibertrén su juguete más emblemático.

Y entre los juegos de mesa que han amenizado tantas tardes quién no conoce el Monopoly. Fabricado con licencia en Mataró por Borràs, nació durante la Gran Depresión de los años 30 en Estados Unidos y desde entonces sus momentos de mayor éxito han coincidido con los años de crisis económica. Lo mismo sucede con el Petrópolis, ideado tras la crisis del petróleo de la década de los 70; un juego que a tenor de la experiencia y de la situación en que nos hallamos fácilmente volverá a saltar a la palestra.