Lo más duro de la ciencia

Texto complementario a

Algunas de las ocupaciones más duras del mundo científico

Técnico de sala de disección
Los futuros médicos de todas las especialidades necesitan practicar durante su formación con cuerpos y esqueletos humanos. Los técnicos de las salas de disección de las facultades son los encargados de preparar los cadáveres, una importante labor que a los profanos podría llegar a producir pesadillas. Se usan diferentes técnicas, aunque lo habitual es conservar los cuerpos en formol. Según explica la coordinadora de la facultad de medicina de la Universidad de Murcia, Carmen Robles, cuando llega un cadáver “fresco” -de una persona que ha muerto unas 48 horas antes- se procede a embalsamarlo, reemplazando la sangre por formol introducido a través del femoral y las carótidas; después, se mantiene durante un tiempo en una piscina con más formol para finalmente proceder a la disección. Y si, según Carmen Robles a alguien le puede impactar al principio tener que extraer, por ejemplo, el encéfalo, tras estar allí un tiempo lo más desagradable pasa a ser el olor del formol. Tras realizar las prácticas correspondientes los cadáveres son incinerados y las cenizas pasan a un archivo. La facultad de medicina de la Universidad de Murcia tiene en proyecto la creación de un monumento al donante, pues esos cuerpos han sido donados a la Ciencia, donde reposarían las cenizas con la inscripción de los nombres de quienes han colaborado de esta manera para que los futuros médicos puedan ayudar a otros congéneres.

Necropsias a cetáceos
No todos pueden hacer una necropsia (el equivalente a una autopsia) al cadáver de un delfín hallado días o semanas después de su muerte, especialmente si estamos en verano y el calor ha acelerado el proceso de descomposición. Así lo explica Juan Antonio Raga, coordinador del departamento de Zoología Marina del Instituto Canillas de Valencia, quien en más de una ocasión ha pasado por ese trance. El problema es que el cuerpo de los cetáceos en descomposición produce un olor más que desagradable, insoportable incluso con mascarilla, y más de uno ha tenido que abandonar la sala de necropsias del Instituto cuando se han puesto manos a la obra. Juan Antonio Raga y su equipo se encargan de controlar el estado de la fauna marina, especialmente cetáceos y tortugas, en la comunidad valenciana. Así, si hallan especimenes muertos investigan las causas del deceso para analizar los problemas de conservación de esas especies. Si las necropsias resultan desagradables, según Juan Antonio Raga tampoco se puede calificar de placentero el volar durante horas en pequeñas avionetas con un calor de más de 40 grados en verano para investigar y tomar datos sobre el estado de la fauna marina. 

Tratando con psicópatas peligrosos
Vicente Garrido, criminólogo, psicólogo y pedagogo, afirma que su trabajo es muy rutinario, en algunos ámbitos. Pero la cosa cambia cuando ya se está en una cárcel frente a un psicópata peligroso o un agresor sexual o violento. No sabemos si las situaciones pueden llegar a ser como las recreadas en El silencio de los corderos pero Vicente Garrido afirma que hay que “tener mucho control y estar muy preparado para no ser manipulado y encontrar los mecanismos que ayuden a la reinserción”. Otro aspecto es, por ejemplo, el de oír auténticas barbaridades por parte de agresores sexuales que se explayan explicando como golpeaban con saña a las personas que maltrataban. Garrido, quien por ejemplo ayudó a la detención de un asesino en serie elaborando un perfil psicológico que facilitó su identificación, explica que el trato con psicópatas puede resultar fascinante, pero también muy duro, hay que soportar mucha tensión y aunque no se siente uno en peligro físico, porque las medidas de seguridad en las prisiones son muy buenas, sí es psicológicamente extenuante ya que esas personas utilizan muchos trucos y estrategias de manipulación”. Pero lo más duro para Garrido, quien en septiembre publica su libro “Cara a cara con el psicópata”, es según explica la parte de tratar con las víctimas y a veces tener un sentimiento de impotencia o una gran tensión derivada del dolor y la tragedia que explican.

En busca de la partícula perdida
Los investigadores del Instituto de Física Corpuscular de Valencia se hallan inmersos en uno de los proyectos más importantes e interesantes de su ámbito científico a nivel mundial, la creación del acelerador de partículas CERN que se ubicará en Ginebra para intentar hallar una partícula que actualmente sólo existe en teoría, llamada HIGGS y según las actuales leyes físicas necesaria para que todas las otras partículas conocidas encajen y formen la materia. Si el HIGGS no se halla, habrá que justificar su ausencia, buscar donde fallan los actuales modelos por los que se rige esta disciplina científica. En la construcción del CERN colaboran investigadores de todo el mundo y, en concreto, el grupo de Valencia está en estrecho contacto con científicos Estados Unidos, Australia y la Comunidad Europea para entre todos formar el detector ATLAS, algo que ocupará el espacio de un edificio de 6 pisos. El grupo de Valencia se encarga de la parte interna, de crear los detectores de silicio, para lo que tiene que desarrollar 220 unidades exactamente iguales que tienen que soportar radiaciones muy altas y son de una complejidad exasperante. Es así que tras ocho años de trabajo en colaboración internacional con más de 2.000 personas – y ello aprovechando trabajo previamente realizado- a principios del 2004 iniciaron la construcción de esos 220 detectores, algo que prevén estar realizando hasta finales del 2005. Dos años realizando un trabajo repetitivo, delicado y que puede llegar a ser angustioso por lo rutinario, especialmente después de un largo tiempo de investigación de esas que hacen vibrar a los científicos. Cuando finalicen con ello, según Carmen García, del Instituto de Física Corpuscular de la Universidad de Valencia, se iniciará la fase de pruebas en la que los detectores serán sometidos a radiaciones elevadísimas, en un laboratorio a 100 metros de profundidad bajo tierra. Pero, según explica, todos los controles y tomas de datos se realizarán de forma remota con unas medidas de seguridad extremas. 

Análisis de heces de animales
Si el análisis de heces y orinas humanas puede parecer, para quien no está acostumbrado a tratar con ellas, asqueroso como mínimo, aún puede considerarse peor cuando esos “productos” proceden de animales capaces de albergar en su cuerpo y en sus desechos enfermedades, virus o gusanos que conducirían a un hombre a la UVI. Sin embargo, Mariano Morales, director técnico del laboratorio veterinario Albeitar de Zaragoza, afirma que “un análisis de heces de animales no es gran cosa, no se siente asco aunque veas moscas, gusanos u otras exageraciones que un animal es capaz de soportar, pues se te acostumbra el estómago tras un tiempo de estar trabajando con eso”. Para Mariano Morales lo peor, quizá, es lo rutinario del trabajo, aunque dice que “también es rutinario el trabajo en una cadena de montaje”, y los sacrificios que implica la investigación en cuanto a no tener un horario: “si trabajas con bacterias, protozoos o virus, dependes de ellos; ellos no son racionales para decir aquí me detengo a descansar”. Y en cuanto a la parte más escatológica, de forma espartana insiste en que el análisis de heces y orinas se realiza de manera completamente aséptica con material procedente de botes esterilizados pues “si, como ha ocurrido alguna vez, alguien llega al laboratorio con una hez envuelta en un papel de periódico o la orina dentro de un frasco de mermelada van directamente a la basura, aunque sólo sea porque proceder al análisis sería una pérdida de tiempo y de dinero: se van a detectar sustancias que no procederán de la enfermedad sino de, por ejemplo en el supuesto caso del bote de mermelada, los restos de glucosa”.

Becario de investigación
Los becarios de investigación son la prueba más fehaciente de que la investigación científica es vocacional, muy vocacional. Y no sólo porque en muchas ocasiones sean la mano de obra encargada del trabajo más feo sino también porque en realidad la figura del becario no existe a nivel jurídico, con lo cual pasan también a formar parte del limbo en que habitan los invisibles, sin derechos sociales, estabilidad o seguridad económica, según explica la presidenta de la Federación de Jóvenes Investigadores, Marta García. Pese a no existir como figura jurídica, en un documento oficial se estimó que en España se podrían contabilizar unos 20.000 becarios si se tuvieran en cuenta jornadas de 40 horas semanales, lo cual quiere decir que hay muchos más porque la mayoría se encuentran a tiempo parcial. Lo peor, explica Marta García, es que en el mejor de los casos – y es el mejor porque muchos jóvenes investigadores ni siquiera pueden aspirar a esto- un becario suele permanecer en esa situación de precariedad durante unos 10 años, sin derecho a cotizar en la Seguridad Social y por tanto sin derecho a asistencia sanitaria o paro en los períodos vacíos entre beca y beca. Se han presentado recursos llegando hasta el Tribunal Supremo para intentar regularizar la situación pero en espera de una respuesta que no llega, considera Marta García, “los jóvenes investigadores siguen trabajando por auténtica vocación, pues para investigar en España hay que tener muchas ganas”.